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Anécdotas sobre Maestros Ignacianos

Historia 1

Hola quiero dejar mi anécdota
Buenos días.

No soy ignaciano, pero estudié 10 años en San Ignacio, Medellín. Mis hermanos, tíos y algunos primos sí son ignacianos.

Recuerdo a mi tío, el Padre Hernán Mejía Echavarría, quien por muchos años fue el director de Asia Ignaciana. Él fue un gran apoyo moral para mí, pero, sin embargo, la cercanía con la familia me asustaba porque no podía contarle muchas cosas, puesto que mis padres se podían enterar y para esos años (década de los 70´s – 80´s) el respeto por la familia, la sociedad, la cultura y el diario vivir si importaba, hoy día, todo ese respeto se perdió.

También recuerdo a mi gran maestro de Español y Literatura, Óscar López. Un gran señor, gran amigo. Me formó de la mejor manera. Solo fue mi profesor un año (1980) ya que perdí el año y debí cambiar de colegio. Quizá no obtuve las mejores notas en esa asignatura, pero aprendí demasiado, tanto que lo que sé en mi vida actual (redacción y diseño gráfico) se lo debo a Oscar López. He intentado contactarlo y no ha sido posible. Para mí, hoy día, él significa mucho y deseo agradecerle en vida. Nota: en 1980, cuando estudié el bachillerato en San Ignacio, perdí 7 materias, pero la de Español y Literatura la gané.

En el año 1980 tuve a Eduardo Acevedo como mi profesor de inglés. Gran maestro, “asesor de vida”, servicial y, ante todo, un caballero. Lo recuerdo con mucho cariño.

Historia 2

Hola, quiero dejar mi anécdota.

Recuerdo que en el claustro del Colegio de la Plazuela San Ignacio asistíamos a cursos desde 4o grado hasta sexto grado. El prefecto era el padre Jorge Vélez, un Jesuita muy inteligente y amable pero igualmente muy serio, gran matemático por cierto.

Hicimos una colecta entre los alumnos para reunir unos mercados para llevar a algún barrio popular víctima de un desastre natural. Todos llevábamos voluntariamente objetos de mercado que fueran útiles para la gente y logramos reunir un fondo para organizarnos por familias.

Hasta ahí todo iba muy bien. El padre Vélez estaba en alguna reunión con padres jesuitas que ocupaban unas residencias en un bloque independiente. Y de repente se inició una batalla campal, tirándose unos a otros todo el material de mercado recogido como papas, plátanos, panela, arroz, frutas, entre otros. Se inició con un estudiante que lanzó una papa a otro y ahí se prendió la batalla campal donde terminó esparcido por todos los patios y corredores todo el material recogido. Un verdadero desastre. Un acto de indisciplina aterrador además por lo que significaba.

En medio de semejante algarabía apareció el padre Jorge Vélez con cara de haber sufrido un naufragio y todo el mundo quedó paralizado como jugando a estatuas. Nadie se movía de su sitio. Estábamos todos involucrados, un verdadero acto de masas. El Padre, muy recio y con voz tranquila, ordenó que de inmediato procediéramos a recoger hasta la última cerilla que en un momento regresaba, y todo debía estar impecable, como si semejante barbarie jamás hubiera existido. Al rato regresó muy serio y nos pidió pasar de inmediato a los salones de clase. Ahí esperábamos medidas muy drásticas, proporcionales a semejante indisciplina colectiva. Entramos en una especie de pánico donde no se oía el pasar de una mosca. Dio la orden de que se reanudarán las clases y entonces lo peor sería cuándo terminará la jornada. Para más intriga, terminaron las clases de la tarde y el Padre, al fondo del pasillo, muy serio, solo miraba cómo íbamos saliendo al sonar de la campana para las respectivas casas sin modular una sola palabra. Pensamos, el asunto seguirá pendiente para mañana, seguramente. Hacíamos comentarios y cábalas de las medidas que seguramente tenía programadas para este acto de indisciplina. Para sorpresa nuestra, nunca hubo un solo comentario, y mucho menos medida o reprimenda alguna. Al día siguiente las actividades seguían completamente normales, dentro de las estrictas medidas de orden muy propias del Colegio. La verdad quedamos abrumados por esta lección y nunca pudimos entender este proceder. Posiblemente lo dejó en nuestras conciencias, pero la vida siguió su curso normal y jamás una mención o un comentario por parte del padre Jorge Vélez. Seguramente dejó un mensaje implícito acerca de nuestro bochornoso acto de indisciplina. Pero sería interesante analizar realmente este episodio y la actitud del padre Jorge Vélez. Esto quedó para siempre en mi memoria desde el año de 1966, si no estoy mal.

Juan Guillermo Vargas CORREA, 1967.

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